“Si aprendo voy a poder tener un trabajo digno”, dice convencido Joel Miranda, de 14 años, mientras estira la masa de bizcocho. Es uno de los 50 chicos que se capacita en los talleres de oficios de los Hogares de Protección al Menor (Hoprome), fundados por el padre Tomás Santidrián hace 13 años.
“Si yo no viniera al taller estaría en la calle”, cuenta el chico que vive en el barrio Bella Vista y cursa 7º grado en la escuela 609 Floriano Zapata. Se nota su entusiasmo en cada vuelta que le da a la masa. Trabaja concentrado, con gorra “para que no se caiga el pelo en la masa” y con barbijos para evitar aspirar la harina que flota en el ambiente.
Desde hace 13 años, en Castellanos al 1200 funcionan cinco talleres para jóvenes entre 14 y 18 años. El requisito es que asistan a la escuela. A lo largo de un año pueden aprender plomería, carpintería, electricidad, panadería y pastas.
Los productos que elaboran en la panadería se distribuyen entre los comedores de los hogares y las escuelas donde el padre Santidrián da de comer a los chicos. El resto se vende en una granjita del barrio y con las ganancias se compran los insumos.
Los comienzos. “Todo surgió por un altercado que tuve en el Concejo municipal”, relata Santidrián recordando cuando 13 años atrás le dijeron que no podía sacar a los chicos de la calle y que los tenía que mantener ocupados. “Así surgieron los talleres, porque las necesidades se impusieron”, rememora.
Santidrián se lamenta por la situación de tantos chicos que están en la calle y manifiesta:
“Todos vemos lo que está pasando, pero es necesario mirar y pensar ¿qué puedo hacer yo?, y dar soluciones”, dice el sacerdote que dedicó su vida a los que están solos, a los chicos vulnerables, a los ancianos y a los sin techo.
La directora de los talleres, Laura Galeano, cuenta que siente una gran satisfacción cuando ve que los chicos que pasaron por los talleres hoy tienen un trabajo, una familia y la pueden sacar adelante gracias al oficio que aprendieron en esas aulas.
Desde hace 13 años, en Castellanos al 1200 funcionan cinco talleres para jóvenes entre 14 y 18 años. El requisito es que asistan a la escuela. A lo largo de un año pueden aprender plomería, carpintería, electricidad, panadería y pastas.
Los productos que elaboran en la panadería se distribuyen entre los comedores de los hogares y las escuelas donde el padre Santidrián da de comer a los chicos. El resto se vende en una granjita del barrio y con las ganancias se compran los insumos.
Los comienzos. “Todo surgió por un altercado que tuve en el Concejo municipal”, relata Santidrián recordando cuando 13 años atrás le dijeron que no podía sacar a los chicos de la calle y que los tenía que mantener ocupados. “Así surgieron los talleres, porque las necesidades se impusieron”, rememora.
Santidrián se lamenta por la situación de tantos chicos que están en la calle y manifiesta:
“Todos vemos lo que está pasando, pero es necesario mirar y pensar ¿qué puedo hacer yo?, y dar soluciones”, dice el sacerdote que dedicó su vida a los que están solos, a los chicos vulnerables, a los ancianos y a los sin techo.
La directora de los talleres, Laura Galeano, cuenta que siente una gran satisfacción cuando ve que los chicos que pasaron por los talleres hoy tienen un trabajo, una familia y la pueden sacar adelante gracias al oficio que aprendieron en esas aulas.